Tengo un tarrito. Uno pequeñito, así, muy mono, transparente, tapón de corcho, un tarro. Da igual que sea transparente, nadie puede saber lo que hay dentro, nadie, porque no tiene etiqueta. Tengo un tarro sin etiqueta. Y... para qué coño me sirve un tarro sin etiqueta? Para guardar mis sueños y que no lo sepa nadie.
Para guardar mi alma, y, algún día, dársela a alguien, darle ese tarro, aparentemente inútil, sin etiqueta. A lo mejor esa persona guarda caramelos. Los tarros son monos, la gente guarda caramelos. Entonces mi alma escaparía, con todos mis sueños, y vagaría libre hasta darse cuenta de que se va a morir, que no es un alma libre, no desde que ese tarro se cerró, y se metería en el cuerpo del dueño del tarro, siendo yo infinitamente suya, hasta conseguir otro tarro sin etiqueta.
Ábrelo, por favor.